Durante el año, muchas decisiones de consumo son funcionales: dónde comer rápido, qué comprar, qué servicio contratar, qué plan encaja con la agenda.
En verano, muchas de esas decisiones se vuelven más emocionales. Elegimos más por deseo, por recomendación, por impulso, por estética, por contexto o por la sensación de “me apetece vivir esto”.
Esto es importante para las marcas, porque no basta con comunicar lo mismo con un envoltorio más veraniego.
La pregunta debería ser: ¿Qué parte de mi marca conecta mejor con esa forma más emocional de decidir?
Un restaurante puede dejar de vender solo comida y empezar a vender una sobremesa.
Una marca de belleza puede dejar de vender un tratamiento y empezar a vender seguridad antes de vacaciones.
Un hotel urbano puede dejar de vender una habitación y empezar a vender una pausa sin salir de la ciudad.
Las campañas de verano funcionan mejor cuando entienden ese cambio de mentalidad.
Porque en esta época muchas personas no buscan solo consumir.
Buscan sentir que han elegido bien su próximo plan.